
El arte contemporáneo invita a romper nuestros límites tanto como creadores así como espectadores, nos incita a dejar lo plano, la única dimensión, para embarcarnos en la búsqueda de lo nuevo. El artista como creador puede gestar una idea (96 sillas), llevarla a la realidad (46 sillas pintadas de blanco y con una pregunta escrita en cada una) hasta el la exhibición misma (colocar las 46 sillas en lugares emblemáticos del Centro Histórico). Toda obra sufre ese proceso, que adolece variaciones, de la concepción hasta su exhibición, y a ésta se suma otra dimensión de una obra que alcanza niveles más allá de lo imaginado por su creador.

El colocar cuarenta y seis sillas en La Ciudad no es tarea fácil. Originalmente se pensaba que era una empresa de máximo tres horas pero dicho planteamiento se rompió con el traslado de las mismas al flete. Se llamaba Giovanni, hombre de gentil rostro y de buena disposición que se sumó a los otros dos secuaces: Alfonso Porres y Michelle Méndez. Se inicia el recorrido en uno de los puntos más emblemáticos del Centro: LA CATEDRAL METROPOLITANA.

El resto de lugares: San Sebastián, Pasaje Rubio, Portal de Comercio, Plaza de la Constitución, Palacio Nacional, Pasaje Aycinena, Mercado Central y a lo largo de la Sexta Avenida.

La travesía fue larga y exhaustiva. La colocación a veces espontánea y en ocasiones pensada fue una experiencia gratificante así como excitante. La empresa no ambicionaba más que integrarse a lo urbano, contrastar la escala del objeto ergonométro versus los edificios céntricos. Con el recorrido se fue vaciando el pick up y a lo lejos apreciabamos las sillas puestas. La reacción fue inmediata, los transeúntes se cautivaron por la colocación de las sillas y debo confesar que nosotros también caímos en el encanto de la sencillez de la puesta.













